La Tauromaquia Una Religión!

El fervor con el que se sigue a los toros, a un torero o incluso a determinado hierro, podrían sorprender a cualquier neófito en la lid taurómaca, pues dios se considera a aquel espada que es capaz de llenar de felicidad el corazón de cualquier aficionado cuando enjareta dos series de naturales pintureras.

Pero la palabra religión aplicada a la tauromaquia tiene un sentido más profundo. Podríamos remontarnos al antiguo Egipto para entender lo que significa el toro en esa cultura ancestral, a la Roma Clásica o incluso a la Creta de nuestros orígenes mediterráneos para comprender el sentido funerario-religioso de la tauromaquia.

No lo vamos a hacer en este escrito porque sería muy extenso, y al curioso hay que dejar la libertad de elección y movimiento. Sin embargo, sí que vamos a centrarnos en los aspectos judeocristianos que fluyen a lo largo de una tarde soleada de toros.

Comencemos por el número tres, que se repite constantemente en un festejo y que algunos tratadistas han querido identificar con la Santísima Trinidad, por aquello de preservar de la muerte y servir de faro y guía a las tensiones irracionales que se viven ante la cara de un toro cuando te juegas la vida. ¿O no es curioso sumar uno a uno los detalles que fluyen a lo largo de una faena para certificar lo comentado?: Tres pares de banderillas, tres puyazos, la terna, el terno de los toreros, tres subalternos, tres avisos y tres toques de clarín, tres lotes de toros, los tres tercios de la faena, el tercio referido a las tres partes del albero…

El toro, el hombre y la religion (Fuente: Estefania Zarallo)

Don José de la Tixera, que a la sazón dictó al que se considera creador moderno de la tauromaquia, el matador de toros Francisco Montes Paquiro, el guión para hacer del rito taurino lo que hoy conocemos como la lidia de un toro, fue un insigne escritor que lució su literatura en la primera mitad del siglo XIX. De él se cree que tomó Paquiro todas sus enseñanzas y de él se cree también que influyó notablemente a la hora de fusionar  el rito religioso cristiano con el rito pagano del toreo. Así podemos comprobar el mimetismo que existe entre la consagración de ambas ceremonias: Con el cáliz, en el caso de una misa cristiana, y con el basito de plata, en el del toreo. Y es que la tauromaquia surge de una cultura cristiana que a nadie debe sorprender: La visión de Ezequiel tiene al toro como protagonista y la representación iconográfica del evangelista san Lucas muestra a una res brava como símbolo deun dios poderoso, fuerte y valiente.

Pero las semejanzas van mucho más allá. Pases como la Verónica están inspirados en textos de la Biblia; Verónica fue la mujer que enjugó el rostro de Cristo con un trapo camino del Calvario y su representación pictórica lo exhibe de la misma forma a como se hace con el percal. Hasta la cruz se hace evidente en las armas que portan los toreros (cruceta, espada y cacheta). Incluso existe un axioma taurino que se utiliza a la hora de matar: “A quien no hace la cruz, se lo lleva el diablo”.

Reparemos también en las vestiduras del torero y los signos exteriores que lo identifican. Oropel para el adorno de alamares, borlas, taleguilla o chaquetilla. Oropel en la casulla de un cura. Coleta para identificarse y distinguirse de los demás a un torero. Tonsura para hacer lo propio con un sacerdote. Hasta la espiga de trigo que lucen las medias de los espadas en blanco o negro, mantienen similitud con el símbolo ancestral de la cristiandad: el pan. ¿No es un novicio un novillero y los hábitos se toman tras una alternativa?

Pero si algo mantiene unidas y mimetizadas ambas liturgias en su culminación, pues todo está dirigido a la cumbre que justifica el rito: la consagración de la muerte, de ahí que muchos aficionados piensen que la tauromaquia perdería su sentido si de ella se eliminara el acto fundamental que la sostiene.  Bajo el albero existe un mundo intrincado de intelectualidad que a cualquier espíritu curioso ha de interesar. Lo místico, hasta sorprende.

Cultoro

.German Ceron
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Botero en los toros

El estreno de Sangre y arena, con Tyrone Power y Rita Hayworth, en Cochabamba, Bolivia, a mediados de los cuarenta, fue un hecho capital en mi vida. Vi la película siete veces, en las matinales y matinés del cine Achá y desde entonces, por muchos años, soñé con ser torero. La tentación había asomado, en mis desvelos, desde que el abuelo me llevó a ver mi primera corrida, en el modesto coso cochabambino, pero no fue la fiesta real, sino la pasada por Blasco Ibáñez y por Hollywood la que transformó aquel devaneo en furiosa urgencia. ¿Era aquella veleidad tauromáquica de mi niñez una epidemia generacional en América Latina? Porque por esos mismos días en que yo toreaba triciclos bolivianos, a miles de kilómetros de allí, en otra ciudad provinciana de los Andes, la verde y sinuosa Medellín, Fernando Botero se inscribía en una academia taurina y, a lo largo de dos años, tomaba clases para matador. Lo llevó allí su tío Joaquín, un fanático de la fiesta, de la mano de quien fue muchas veces a ver lidiar toros y novillos en la flamante plaza de la Macarena y en los pueblos de las serranías vecinas, cuando no soñaba siquiera con ser algún día pintor. El lujo, la exaltación, el color, la indescriptible alianza de primitivo salvajismo y refinada exquisitez de aquellos espectáculos no se borrarían nunca más de su memoria.

Maestro Fernando Botero, su esposa Sophia Vari y El Matador Enrique Ponce

Maestro Fernando Botero, su esposa Sophia Vari y El Matador Enrique Ponce

Por eso, no tiene nada de sorprendente que los primeros dibujos que Botero garabateó, en el colegio de los jesuitas de Medellín, fueran siluetas de toros. Aunque no deja de ser una premonición que la primera obra más o menos personal que se conserva de él, sea la acuarela de un torero. Nunca sabremos, claro está, si su deserción de las sangrientas ceremonias de la fiesta taurina a las más benignas del caballete y la paleta, fue una tragedia o una suerte para el arte de Manolete y de Belmonte. Pero, sin duda, para el de Goya y Velázquez resultó venturosa. Por lo demás, al cabo de los años, de los pinceles y de la destreza de este artista, la fiesta de los toros recibiría el más entusiasta y completo homenaje que le haya brindado un pintor contemporáneo. (Y conste que no me olvido de todas las maravillas que inspiró a Picasso).

Aunque experiencia central de su infancia y presencia pertinaz de sus primeras manifestaciones artísticas, este asunto -la corrida- parece desvanecerse luego de su pintura, en la que rara vez aparece, hasta la década de los ochenta. Botero fue siempre un aficionado, y visitó todas las plazas que pudo, pero ni los toros ni los toreros son protagonistas de aquellos cuadros de los años difíciles de su juventud, cuando tenía como modelos a los muralistas mexicanos, ni después, en los del laborioso aprendizaje de los clásicos, en España, Francia y, sobre todo, Italia. Asoman alguna vez, pero como sombras furtivas, luego de aquella tarde providencial de 1956, en un parque de México, cuando, como jugando, infló la mandolina que dibujaba y descubrió, de pronto, como quien vive un milagro, el suntuoso mundo secreto de la opulencia que lo habitaba y su método de pintar.

Torero Por Fernando Botero

Torero Por Fernando Botero

En 1982 o 1983, ya célebre y con una vasta obra reconocida en medio mundo, volvió una tarde a ver una corrida en la plaza de la Macarena, en su ciudad natal. Y, dice, de inmediato sintió que allí tenía un mundo familiar y estimulante sobre el cual trabajar: “De allí empecé un cuadro después de otro hasta el punto que me entusiasmé con el tema y en tres años no hice más que pintar toros. Después empecé a pintar otros motivos, pero también toros.” (1) En verdad, ellos serían la pasión obsesiva y poco menos que excluyente de su pintura, hasta el día de hoy. Los veinticinco cuadros de tema taurino que exhibe en la Marlborough de Nueva York, en 1985, se convertirán en las ochenta y seis obras (dibujos, acuarelas y cuadros) sobre el mismo motivo, presentadas en Milán, en 1987, y en el Hospital de los Venerables de Sevilla, en 1992. La secuencia alcanzará este otoño una suerte de apoteosis con los centenares de obras suyas sobre la realidad y el mito de la tauromaquia que llenarán el Grand Palais, de París (al mismo tiempo que las esculturas monumentales de Botero se alineen, en los Champs Elysées, desde la plaza de la Concordia hasta el Rond Point).

Hoy no es posible ver los toros con la tranquila buena conciencia con que los aficionados acudían a las plazas cuando Botero y yo soñábamos con vestir el traje de luces y enfrentamos a un Miura armados de un trapo rojo. La cultura y la sensibilidad han evolucionado de tal modo que resulta cada día más difícil encontrar argumentos que no nos parezcan a nosotros mismos -a quienes una buena faena levanta en peso y hace vivir momentos de intensidad deslumbrante- inconsistentes y falaces. Los conozco todos, desde el de la tradición y las costumbres, la idiosincrasia y la identidad cultural, hasta el de “¿habría que renunciar entonces, también, a los churrascos y jamones?”, pasando por los de ‘los animales no sienten como los humanos y el del fair play: ¿no tiene también el toro la oportunidad de ensartar al torero? Los he usado en mil discusiones defendiendo a capa y espada la fiesta contra sus impugnadores, pero cada vez creo menos en ellos. Porque lo cierto es que no hay argumento, racional suficiente para justificar el fondo de crueldad escondido detrás de esa bellísima fiesta, la inhumanidad que subyace la gracia, la elegancia, el coraje y el dramatismo indescriptibles que puede alcanzar una señora corrida.

Porque, a diferencia de lo que ocurre con la fiesta cuando Botero la vuelve óleo, dibujo, grabado y escultura, y la emancipa de toda contingencia moral, reduciéndola a sensación pura, a placer sano, lo que en la vida real nos atrae y hechiza de los toros es su belleza sucia, transgresora de ciertas leyes básicas como aquella, esencial para la supervivencia de la comunidad, que es la preservación de la vida, la defensa de la vida contra la muerte en toda circunstancia. La fiesta de los toros es la fiesta de la muerte, la de infligirla y la de recibirla, la de desafiarla y la de embriagarse y jugar con ella, con soberbio desprecio de la vida propia y ajena. Las hermosísimas imágenes que de ello resultan cuando quien ejecuta aquella terrible danza sabe hacerlo con oficio e inspiración, y es ayudado por el animal -al que entonces llamamos noble y de casta- no disminuyen un ápice la violencia del espectáculo, ni lo justifican en términos morales: simplemente, ofrecen una coartada estética al placer feroz que nos brinda, visten de apariencia civilizada a ese apetito que, en lo más recóndito de nosotros, nos liga a los remotos ancestros y a sus salvajes ritos donde podían desbocarse, sin bridas, los peores instintos, aquellos que necesitan de la destrucción y la sangre para apaciguarse.

Pablo Hermoso De Mendoza Brindis a Fernando Botero

Pablo Hermoso De Mendoza Brindando la muerte del bicho a Fernando Botero

Todo ello aparece, de manera luminosa, por contraste, cuando se coteja la corrida real con la formidable saga tauromáquica que ha elaborado Botero en estos últimos diez años. Pocos artistas, en la historia de la pintura, se han volcado sobre un tema con tanta minucia y simpatía como él lo ha hecho con los toros, reconstruyendo la fiesta en toda su variedad y su riqueza, con sus tipos humanos, sus decorados, su fauna y su, leyenda, su colorido, sus ritos y emblemas. Allí aparecen los espadas, los picadores, los banderilleros y peones, los alguaciles, los humildes monosabios y las briosas manolas de los tendidos, y las majas de los tablados donde van los matadores a celebrar sus hazañas o consolarse de sus fracasos. Y allí están los caballos, los cegados percherones doblados bajo el peso de los varilargueros y las bestias, cargando, pasando el engaño o muriendo con un estoque de acero en las entrañas.

Son imágenes muy hermosas, también, y algunas de ellas, como ese óleo de 1988, La cornada, de una perfección casi angustiosa, uno de los más altos logros artísticos en toda la obra de Botero. Sin embargo, aun el más profano espectador, advierte de inmediato que una infranqueable frontera separa este universo taurino del que lo inspira. Este es un mundo de ficción: sin trastienda, sin maldad y sin instinto, hecho de pura sensorialidad y de benevolencia, que no celebra la muerte sino la vida y que vive el placer con la serena seguridad del hedonista. A diferencia de las inquietantes visiones taurinas de un Goya, que exploran a través de ellas las profundidades humanas, o las de un Picasso, en las que irrumpe siempre la irracionalidad de los deseos y la violencia del sexo, la corrida de Botero es una civilizada celebración de los sentidos, en la que una inteligencia discreta y un oficio sin fallas se han dado maña para rehacer el mundo de la fiesta, purificándolo, despojándolo de todo aquel lastre bárbaro y cruel que vincula a la fiesta verdadera con el lado más irresponsable y tremebundo de la experiencia humana.

Es un error creer que Botero engorda a los seres y las cosas sólo para hacerlos más vistosos, para darles mayor sustancia, una presencia más rotunda e imponente. En verdad, la hinchazón que sus pinceles imprimen a la realidad perpetra una operación ontológica: vacían a las personas y a los objetos de este mundo de todo contenido sentimental, intelectual y moral. Los reducen a presencias físicas, a formas que remiten sensorialmente a ciertos modelos de la vida real para oponerse a ellos y negarlos.

Y, a la vez, los saca del río del tiempo, de la pesadilla de la cronología, los instala en una inmovilidad eterna, en una realidad fija e imperecedera, desde la que, espléndidos en sus atavíos multicolores, inocentes y bovinos en su abundancia, congelados en algún instante del discurrir de sus vidas, cuando aún estaban en la historia -clavando una pica, haciendo un quite, adornándose con la capa, o, lo más frecuente, mirando el mundo, mirándonos, con un ensimismamiento mineral, con una especie de indiferencia metafísica- posan para nosotros y se ofrecen a nuestra admiración.

La verdad, es imposible no envidiarlos. Qué superiores y perfectos parecen, comparados a nosotros, miserables mortales a quienes el tiempo devasta poco a poco antes de aniquilar. Ellos no sufren, no piensan, no se embrollan con reflexiones que dificulten o desnaturalicen sus conductas; ellos son acto puro, existencias sin esencias, vida que se vive a sí misma en un goce sin límites y sin remordimientos.

Entre los pintores modernos, Botero representa como pocos la tradición clásica, sobre todo la de sus modelos preferidos, los pintores del Cuatrocientos italiano, que no pintaban para expresar alguna disidencia con el mundo, para protestar contra la vida, sino para perfeccionar el mundo y la vida mediante el arte, proponiendo unos modelos y unas formas ideales a los que debían irse acercando el hombre, la sociedad, para ser mejores y menos infelices. Como en los grandes lienzos renacentistas, en la pintura de Botero hay una aceptación profunda de la vida tal como es, del mundo que nos ha tocado, y un esfuerzo sistemático para trasladar la realidad al dominio del arte depurada de todo lo que la afea, empobrece y pervierte. Esta puede ser una tentativa quimérica, en estos tiempos en que nadie cree ya que el arte hace mejores y más dichosos a los hombres -las sospechas son, más bien, de que una sensibilidad aguzada es un pasaporte directo a la infelicidad- pero ello no desmerece, más bien refuerza la singularidad de un artista incansable que, sin que variara nunca su amable timidez de andino y su circunspección provinciana, ha sido capaz a lo largo de toda su trayectoria como creador de nadar siempre contra la corriente: siendo realista cuando las modas exigían ser abstracto, buscando sus fuentes de inspiración en la comarca y lo local cuando era obligatorio beber las aguas cosmopolitas, atreviéndose a ser pintoresco y decorativo cuando estas nociones parecían írritas a la noción misma del arte y, sobre todo, pintando para expresar su amor y contentamiento de la vida cuando los más grandes artistas de su tiempo lo hacían para mostrar lo horrible y lo invivible que hay en ella.

Con Botero podemos ir a los toros a gozar con la sangre y la muerte, sin la menor mala conciencia.

MARIO VARGAS LLOSA Londres, agosto de 1992.

.German Cerón
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El manifiesto de Andrés Calamaro

Andres Calamaro es como es y siempre ha dicho lo que piensa a cuatro voces  y renuncia a ser progre y lanza proclama contra la prohibición de la Tauromaquia en Catalunya!

El manifiesto de Andrés Calamaro

Con solemnidad y no sin cierto pesar renuncio, con el estado televidente español de testigo, a mi status de progre, sospechado de rojo y libre pensador. Renuncio a la progresía porque quiero corridas en Cataluña, quiero correrme en una Fiesta de arte y muerte, verte correrte de buena suerte, y es más, quiero que vuelva José Tomás en Barcelona de nuevo y no me muevo de mi respeto a las tradiciones y que los papelones los haga mi compatriota que juntó cuarenta firmas por la derrota de esta fiesta que pintaron Goya y Picasso y por si acaso no quedó claro, le aclaró mi buen Andreu, que hago bulto por la libertad de culto y si prohibir es progesía y el progre es rabioso anti rojo, mi antojo es renunciar al progresismo ahora mismo.
¡Toros sí! ¡Toros sí!

 

Francisco Rivera "Paquirri" con Andres Calamaro

Francisco Rivera "Paquirri" con Andres Calamaro

Libertad de expresión no siempre es expresión de libertad. Pero me muevo con cierta comodidad en lo que es la incorrección política, y me parece que estoy en el lugar indicado para desarrollar mi instinto aunque prefiero evitar los comentarios de los lectores en los foros porque la verdad es que son xenófobos e intolerantes al cubo.

Por Andres Calamaro.

La restricción de la libertad que ello implica, la imposición autoritaria en el dominio del gusto y la afición, es algo que socava un fundamento esencial de la vida democrática: el de el libre albeldrio y Olé.

.German Cerón

(Fuentes de ABC/Burladero/El Mundo)
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MARIO MORENO “CANTINFLAS” PARA HABLAR DE TOROS……..

MARIO MORENO “CANTINFLAS” PARA HABLAR DE TOROS……..

Para hablar de toros, cualquiera puede hablar… pero, para hablar de toros bravos, ya hay que cambiar de toro y de tercio…
y así poder hablar de pitón a pitón, siempre dando el pecho…Porque ya se ha dicho, que no es igual ver los toros desde la barrera, que estar en la barrera y no saber de toros…Yo, desde luego, no pretendo saber más que aquellos que deveras saben, pero mi punto de vista es diferente, porque yo si he estado cerca del toro, o más bien, el toro ha querido estar cerca de mi…Que el toro es una cosa seria, sí se los puedo asegurar… Tan seria, que yo no he visto reir a ningún toro. Eso no quiere decir, que en la fiesta no haya alegría y cosas que provoquen risa. Por ejemplo, yo he visto, porque a mí me consta -sin poder asegurarlo- que muchas veces se dan casos en que no se sabe y sin embargo, ahí está el toro. ¿Qué quiere decir?… ¡Que hay toros alegres! …¿O usted nunca ha leído de algún cronista, que el toro embistió con alegría?… En cambio, nunca habrá sabido de ningún toro que haya muerto embargado de tristeza… Pero, pasando a otro tercio y con permiso de la autoridad, yo he hecho muchas veces el paseíllo y pueden creerme, que el miedo no anda en burro… ¡sino en toro!… Y es que el toro va a lo que va… y el matador viene a lo que viene. Y si el que va, se encuentra con el que viene y no hay un entendimiento, entonces ya sabe a lo que se atiene. Ahora, que yo pienso que el buen aficionado, el que sabe ver toros, debe tener en cuenta que aunque el toro es un animal noble que sale al ruedo a pelear con nobleza y en buena lid, no es justo que se encuentre con una bola de montoneros, ventajosos, agazapados detrás de los burladereos, esperando burlarse de él, frente a miles de espectadores que se hacen cómplices de ese engaño. Y al noble animal no le quedan más que dos alternativas para seguir viviendo: o es muy bueno y aguanta con bravura y con casta todo lo que le hagan, para ganarse el indulto… O es reservón, manso y muy menso y no aguanta nada, y en ese caso, también lo devuelven al corral vivito y coleando.
De todas maneras, la fiesta brava es insustituible, porque ahí se conjugan el valor, el arte, las facultades, el talento y todo eso que hay que tener para pararse frente a un toro. Estas reflexiones que me hago, pudieran ser fruto de las correteadas que he sufrido, ante públicos muertos de risa, que saben de antemano que soy comediante y torero bufo y que ningún daño les hago a los toros… pero, los toros no lo saben…
¡Y ahí está el detalle !. . .

PLATICA DE MARIO MORENO “CANTINFLAS” SOBRE LA TAUROMAQUIA.

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